MÁS ARRIBA ESTÁ EL CIELO

Los discípulos sabían bien que aquella despedida era para siempre. A Jesús no lo volverían a ver con los ojos de la carne, por eso en sus corazones brotan sentimientos de tristeza y de nostalgia. Sin embargo también viene a su mente la promesa: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”. ¿Cristo se va pero se queda? ¿Cómo entendieron ellos esta paradoja?
Hermanos y hermanas: ¿Cómo la entendemos hoy nosotros al celebrar la fiesta litúrgica de la Ascensión del Señor a los cielos? Sin duda alguna, para ellos y para nosotros es una declaración de fe en su divinidad, en su victoria sobre la muerte y en su gloriosa resurrección.
1. Dice el Evangelio que mientras Jesús se despedía “se separó de ellos, los bendijo y subió al cielo”. El gran poeta español Fray Luis de León interpreta los sentimientos de los discípulos con aquellos versos: “¿Y dejas, pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto, y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?” ¡Señor, te vas, pero contigo vamos también nosotros!
El Señor no nos abandona sino que siembra en nuestros corazones la esperanza. “Sabemos que ya poseemos el paraíso, nos dice San León Magno, porque hemos entrado con Cristo hasta las alturas del cielo”. Es decir, “algo de nosotros” está ya en el cielo.
2. Un día tú llegarás al cielo. No es un regalo que recibirás sin mérito, sino el premio de tu vida santa. El pensamiento del cielo no te dispensa de los compromisos de la tierra; al contrario, es un estímulo para hacer algo por el mundo y por la Iglesia. Este es el sentido del mandato final de Cristo en esta despedida: Nos envía al mundo entero para que prediquemos la buena noticia y celebremos los sacramentos.
3. Los santos padres llamaban a la ascensión “la esperanza del cuerpo”, porque en este evento cristiano se encuentra la garantía del triunfo de la vida sobre la muerte. La existencia del hombre no es sólo un camino hacia adelante, entendido como un progreso económico o científico, sino sobre todo un camino hacia lo alto, hacia la plena realización humana. Por eso debemos comprometernos a buscar los bienes del cielo, como nos exhorta San Pablo “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba,” (Colosenses 3, 1-2).
Buscar “las cosas de arriba” es buscar a Dios; es buscar a Cristo; es permitir que Él llene todos los horizontes de nuestra existencia. Todo adquiere así su verdadero valor, su auténtico puesto.
Es verdad que Cristo se ha ido al cielo, pero entonces ¿Cómo ha querido quedarse entre nosotros a lo largo de los siglos? De tres maneras concretas: A través de nuestro testimonio de vida, a través de nuestro amor al prójimo, y sobre todo, a través de la Eucaristía.