VIVIR DE LA EUCARISTÍA

Hermanas y hermanos:
Con gozo estamos celebrando la festividad del cuerpo y sangre del Señor. Jesús quiso quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos en el pan consagrado, como lo había prometido después de la multiplicación de los panes y los peces y realizó esta promesa en la noche del Jueves Santo. En la eucaristía y en todos los sagrarios de la tierra está presente el mismo Jesucristo que murió y resucitó por nosotros.
1.  El sacramento de la eucaristía es el mayor de todos los sacramentos porque contiene al mismo Cristo, que se hace presente para darnos su vida, alimentándonos con su cuerpo y sangre y transformándonos con su gracia. Él mismo nos dice que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. En efecto, su carne inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica.
2.  En el camino siempre difícil de la vida, Cristo nos da a comer su cuerpo y su sangre: Él mismo es el verdadero “viático” que da fortaleza y alegría. Ojalá tuviéramos en verdad hambre y sed de Cristo, para vivir con más sentido nuestra vida. “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”. Cuando estamos junto al Sagrario, estamos con la misma intimidad que si estuviéramos en el cielo en su presencia. Por eso se ha dicho que el Sagrario es la puerta del cielo. Los creyentes  debemos amar esta presencia del Señor en la Eucaristía, debemos respetarla y tratarla con mucho cuidado y con mucho amor.
3.  La Eucaristía nos debe hacer crecer en fraternidad. Ya que comemos del mismo pan, debemos vivir unidos creciendo en unidad fraterna a la vez que en fe y amor a Cristo Jesús. En la misa el sacerdote pide que baje el Espíritu Santo para que el pan se convierta en el cuerpo de Cristo, pero luego lo vuelve a invocar para que todos seamos “un solo cuerpo y un solo espíritu”, que es la finalidad última de la Eucaristía. Debemos procurar que la fiesta de hoy sea un estímulo a la entrega a los demás y a cambiarle la cara a toda la existencia. Cuando el sacerdote dice: “Podéis ir en paz, la Misa ha terminado“; deberíamos entender el mensaje: “el amor ha comenzado”.
La Eucaristía tiene dos dimensiones: su celebración, la misa en torno al altar, y su prolongación con la reserva del pan eucarístico en el Sagrario y la consiguiente veneración que dedica la comunidad cristiana. Es un día muy apropiado para llevar la comunión a los enfermos, para llevar la Eucaristía en procesión solemne, para tener adoración ante el Santísimo y bendición eucarística con el rezo del rosario. Preguntémonos para terminar:
            ¿La Misa dominical se ha convertido en una necesidad para mi alma? ¿Me preparo con fervor a la comunión? ¿Practico la caridad cristiana como fruto lógico de cada Eucaristía en la que participo, o más bien soy motivo de escándalo cuando mi comportamiento egoísta contradice el significado de la comunión, como la “común unión” de los cristianos?